Las buenas acciones que uno haga en la vida, el buen comportamiento y el buen trato, permiten siempre que uno tenga un panorama de posibilidades abierto y que las puertas nunca se cierren. Tal vez una ventana podrá cerrarse, pero no la puerta principal, la grande.
Reecapitulando sobre lo que debo o no hacer para seguir ese camino hacia el éxito y la felicidad, me he detenido a pensar en tantas cosas buenas y oportunidades importantes que Dios me ha mostrado en el camino y que, a veces, por la terquedad uno no ve, no aprecia y las deja pasar.
Es posible que uno piense, agobiado por la decepción, que ya no hay más caminos. Pero al mirar atrás y recordar el camino labrado, las enseñanzas de mis padres quienes han sido pilar fundamental en mi vida, me doy cuenta que todo no es más que un mal momento, un pequeño sismo que me hace tambalear un poco, pero que como todo y como siempre, las cosas vuelven a su lugar para seguir la ruta correcta. Todo dependerá del cristal con que se mire.
Hoy me embarga la nostalgia. La nostalgia por momentos vividos, la nostalgia por mi padre, hombre magnífico, honesto, de un corazón enorme, quien con sus sabios consejos y su vida intachable, llena de ejemplos, me hizo una persona de bien. Nostalgia por mis años de universidad, por mi juventud, cuando la responsabilidad sólo estaba ceñida al buen comportamiento y al trabajo. Nostalgia por mis amigos, esos que se encuentran lejos, porque también están en la búsqueda del éxito y la felicidad, y de aquellos que ya partieron al mejor de los mundos. Nostalgia por los sueños no alcanzados y que aún no han logrado desaparecer de mi mente. Pero hoy más que nunca esa nostalgia se transforma en el motor que me impulsa a seguir luchando por lo mio, a valorar más lo que tengo conmigo y a no decaer jamás. Se que el triunfo está de mi lado y asi se marcará, porque lo he decretado.
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