miércoles, 24 de junio de 2009

El niño que quería ver a Dios


Alejandro era un niño muy tranquilo, al que le gustaba jugar con sus hermanos y primos. Era educado y siempre, como hijo mayor que era, se comportaba muy bien, hacia caso a su madre en todo y cuidaba de ella. Su madre, Elizabeth, siempre le enseño desde pequeñito el amor por Dios, el Padre Todopoderoso que nos había creado y quien siempre nos acompaña, guiándonos para hacer siempre el bien.

Elizabeth siempre lo encomendaba a Dios para que lo cuidara y lo protegiera siempre que el pequeño Alejandro, de 9 años, salía de su hogar rumbo a la escuela o a cualquier lugar al que se dirigiera.

Un dia, a pesar de su fe y de conocer sobre la existencia de Dios, Alejandro pregunto a su madre quien era Dios y porque él no lo podía ver. Elizabeth al conocer sobre esta inquietud se perturbó un poco, pues no sabía como explicárselo a su pequeño para que lograra entenderlo.

Una vez mas explico a su niño la llegada de Jesús a la tierra y lo que él habría hecho para salvarnos a todos del pecado, hasta el punto de morir crucificado. Desde su resurrección, Jesús Cristo fue al cielo a vivir junto al Padre y por esa razón no lo vemos, pero estaba con nosotros día y noche, guiándonos y acompañándonos en todo lo que hacemos.

Alejandro entendió pero su curiosidad por ver a Dios no se disipó. El niño retorno a sus labores, hizo sus tareas y jugo con sus amigos, pero en la noche la curiosidad volvió a su mente. ¿Cómo puedo hacer para ver a Dios.

Así pasaron los días y Alejandro insistía en su deseo por ver a Dios. Un día su madre se enfermo y el pequeño Alejandro asustado rezó mucho para que Dios aliviara a su mama y le devolviera la salud. La señora pasó algunos días en el hospital donde finalmente se recupero y regreso a casa completamente sana.

El niño esa noche antes de ir a dormir agradeció a Dios que salvara a su mama y luego de rezar se quedó dormido. Mientras dormía profundamente, Alejandro tuvo un lindo sueño. Un hombre cuyo rostro nunca logró ver, se hizo presente en su habitación para conversar con el. Luego de tomarlo de la mano y decirle lo feliz que estaba por la recuperación de su mama le explico que la fe que el había tenido en Dios para que salvara a su mamita, era lo que había hecho el milagro y ese milagro lo había realizado Dios.

Ese hombre de rostro angelical y tierna sonrisa le explico que a veces no se necesitan ver algunas cosas para poder creer en ellas. Así como no se ve la fe, pero existe y habita en cada uno de los seres que existen en el mundo, también existe el amor y no lo vemos solo lo sentimos. Eso mismo pasa con Dios, no lo vemos pero lo sentimos en cada una de las cosas que hacemos. Siempre nos acompaña en los buenos y malos momentos y por la fe depositada en él, sabemos que los resultados de nuestras suplicas no es mas que las acciones por el realizadas.

A la mañana siguiente, Alejandro al despertar recordó su sueño y corrió a la habitación de su madre para contarle, diciéndole que ya no era importante conocer el rostro de Dios porque finalmente había entendido que él, Dios, estaba junto a nosotros siempre, caminando juntos de la mano y aunque no lo viera él sabía que estaba allí.

Alejandro y su madre se abrazaron felices y unidos en la fe, esa misma fe que logró que Elizabeth se recuperara de su afección pulmonar y continuara junto a sus tres pequeños hijos, Alejandro, Samantha y Daniel. El tiempo fue transcurriendo y el amor a Dios y la fe en él fue creciendo en el hogar de Alejandro.





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